“Resignificar es transformar con consciencia.”
Por: Jackie Entebi
Hay palabras que escuchamos con frecuencia en terapia y que, con el tiempo, terminan perdiendo profundidad. Una de ellas es “resignificar”.
Muchas personas creen que resignificar significa convencerse de que algo doloroso no fue tan grave, intentar pensar en positivo o simplemente dejar atrás aquello que les hizo daño.
Sin embargo, desde la psicología, resignificar tiene un significado mucho más profundo.
Resignificar implica transformar la manera en que comprendemos una experiencia, una emoción, un pensamiento o incluso una parte de nosotros mismos.
No cambia el pasado.
Cambia la relación que tenemos con él.
Y ese cambio puede transformar nuestra vida.
¿Por qué repetimos pensamientos que nos hacen sufrir?
Una de las preguntas más frecuentes que escucho en consulta es:
“Si sé que este pensamiento me hace daño, ¿por qué sigo pensando igual?”
La respuesta tiene que ver con la forma en que nuestro cerebro aprende.
Desde la infancia vamos construyendo esquemas mentales que nos ayudan a interpretar el mundo. Estos esquemas se forman a través de nuestras experiencias, nuestras relaciones familiares, nuestra cultura y los mensajes que recibimos sobre quiénes somos.
El psicólogo Aaron Beck, fundador de la Terapia Cognitiva, explicó que gran parte de nuestro sufrimiento emocional proviene de interpretaciones automáticas que hacemos sobre nosotros mismos, los demás y el mundo.
Muchas veces no actuamos según la realidad.
Actuamos según la historia que hemos construido sobre esa realidad.
El primer paso: hacer consciente lo inconsciente
Carl Rogers, una de las figuras más importantes de la psicología humanista, afirmaba que el crecimiento personal comienza cuando somos capaces de mirarnos con honestidad y aceptación.
No podemos transformar aquello que no vemos.
Por eso, el primer paso para resignificar consiste en desarrollar consciencia.
Consciencia de lo que pienso y por qué lo pienso.
Consciencia de cómo me siento.
Consciencia de cómo reacciono.
Consciencia de las historias que me cuento sobre mí mismo.
Cuando observamos nuestros pensamientos sin juzgarlos inmediatamente, comenzamos a descubrir algo fundamental:
No todos nuestros pensamientos son verdades.
Con el tiempo los vamos modificando y van perdiendo fidelidad.
Muchos son hábitos.
Muchos son interpretaciones que hemos repetido durante años.
Comprender de dónde viene una idea cambia nuestra relación con ella
Imagina que una persona se repite constantemente:
“No soy suficiente”.
Durante años puede asumir que esa frase describe una realidad.
Pero en terapia suele aparecer una pregunta diferente:
¿De dónde aprendiste eso?
Tal vez fue una crítica constante.
Tal vez una comparación.
Tal vez una experiencia de rechazo.
Tal vez una exigencia excesiva.
Cuando entendemos el origen de una creencia, comenzamos a verla desde otra perspectiva.
Ya no es una verdad absoluta.
Se convierte en una historia aprendida.
Y lo aprendido puede transformarse.
La neuroplasticidad: la ciencia detrás del cambio
Durante décadas se creyó que el cerebro adulto era prácticamente inmodificable.
Hoy sabemos que eso no es cierto.
Las investigaciones sobre neuroplasticidad han demostrado que el cerebro mantiene la capacidad de reorganizar conexiones neuronales durante toda la vida.
El psiquiatra Norman Doidge popularizó este concepto mostrando cómo nuevas experiencias, nuevos aprendizajes y nuevas formas de pensar pueden modificar literalmente la estructura funcional del cerebro.
Cada vez que identificamos un patrón automático y elegimos responder de una manera diferente, estamos fortaleciendo nuevas conexiones neuronales.
No sucede de un día para otro.
Sucede a través de la repetición consciente.
Por eso el cambio emocional requiere práctica.
No basta con comprender algo intelectualmente.
Necesitamos vivirlo una y otra vez hasta que nuestro cerebro aprenda una nueva forma de responder.
Resignificar es elegir un nuevo camino mental
Daniel Siegel, referente mundial en neurociencia interpersonal, explica que cuando desarrollamos atención consciente podemos dejar de reaccionar automáticamente y comenzar a responder de manera deliberada.
En otras palabras:
Entre el estímulo y la respuesta existe un espacio.
Y en ese espacio aparece la libertad.
Resignificar consiste precisamente en ampliar ese espacio.
Cuando identifico un pensamiento que me genera sufrimiento, puedo detenerme.
Observarlo.
Comprenderlo.
Preguntarme de dónde viene.
Y entonces elegir si quiero seguir alimentándolo o construir una narrativa más saludable.
Lo que duele también puede enseñarnos
Resignificar no implica negar el dolor.
Implica darle un significado diferente a través de la comprensión y el amor propio.
Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente de los campos de concentración nazis, escribió que los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad para encontrar sentido incluso en las circunstancias más difíciles.
Su propuesta no era romantizar el sufrimiento.
Era comprender que la manera en que interpretamos una experiencia puede transformar profundamente el impacto que tiene sobre nuestra vida.
No elegimos todo lo que nos sucede.
Pero sí podemos aprender a elegir qué hacemos con ello.
El cambio comienza cuando dejamos de pelear con nosotros mismos
Muchas veces llegamos a terapia intentando eliminar aspectos de nosotros que no nos gustan.
La ansiedad.
La inseguridad.
El miedo.
La tristeza.
Sin embargo, el crecimiento psicológico rara vez comienza desde el rechazo.
Comienza desde la comprensión.
Cuando entendemos por qué pensamos, sentimos o actuamos de determinada manera, dejamos de vernos como enemigos.
Y desde ese lugar de comprensión podemos empezar a construir algo diferente.
Resignificar no es borrar una historia.
Es escribir un nuevo capítulo.
Es reconocer que muchas de las ideas que tenemos sobre nosotros mismos fueron aprendidas y que, por lo tanto, también pueden transformarse.
Cada vez que observas un pensamiento en lugar de reaccionar automáticamente.
Cada vez que cuestionas una creencia que te limita.
Cada vez que eliges responder de una forma diferente.
Estás creando nuevas conexiones neuronales que se convierten en posibilidades.
Y poco a poco, sin darte cuenta, comienzas a convertirte en la persona que siempre has tenido la capacidad de ser.